La dignidad de los carpinchos – Por Diego Chiaramoni

Por Diego Chiaramoni
Mi sobrina Jazmín, llama al carpincho “capibara”. El bichito adquirió ascendencia en nuestro país a través de esas grietas ad ínferos que son las redes sociales. En el fondo, no es tan negativa la cuestión, porque esa denominación “Kapii-bara” resulta de una formación aglutinante del guaraní que significa “comedor de la hierba” o “señor de la hierba”. Los niños no saben estas cosas, pero hay cierta nobleza en llamar “capibara” al carpincho, porque siempre es mejor el eco histórico de un término que la imposición de una moda. La moda –decía el bueno de Gabriel Marcel-, es prima hermana de la muerte.
Los carpinchos tienen algunas virtudes olvidadas para estos tiempos de erotismo liberal: privilegian el valor de la comunidad, tienen un fuerte sentido axiológico del apoyo mutuo, son pacíficos y se mueven con naturalidad tanto en el agua como en la tierra, es decir, no son de derechas ni de izquierdas, su naturaleza supera esas dialécticas. Los carpinchos, además son políticamente incorrectos porque un macho dominante protege a varias hembras y defiende el territorio, es decir, son “machistas”.
Desde hace un tiempo, los vecinos de Nordelta -una zona top de Buenos Aires-, comenzaron a librar una guerra contra los carpinchos. Es una guerra desigual e injusta, casi como la Guerra de la Triple Alianza, cuando movidos por intereses foráneos, animados como siempre por el único dios de la sinarquía sajona, el dinero, se invadió al Paraguay, diezmando sus recursos, su población y su alta cultura, mixtura de lo hispano y lo guaraní en esa expresión sublime que fue el barroco jesuítico.
Los laboratorios, la pornografía y los negocios inmobiliarios constituyen la triada que más dinero mueve en este mundo. El capital, que constituye quizás el último rostro de la subjetividad moderna, moldea la identidad y subyuga las conciencias. En ese reino, la ostentación, la fastuosidad y el aislamiento egoísta encontraron en el microclima del “barrio cerrado” su escenario perfecto. Para la conquista del espacio geográfico, la industria inmobiliaria arrasa con todo aquello que se interponga en su camino, desde el patrimonio histórico de una Ciudad hasta la diversidad natural que la conforma. El capital asienta su formación y su destino en la materia, no en el espíritu, por eso le importa poco la última esquina sin ochava en el centro de Lomas de Zamora como el último vuelo de los patos sirirí pampa en un bañado de Canning. Tolstoi lo vio claramente cuando escribió que el dinero es una nueva forma de esclavitud, cuyo elemento distintivo con respecto a la antigua esclavitud es su impersonalidad.
Mi abuelo decía que para el amor y para la guerra, al menos dos partes deben estar comprometidas. Los carpinchos no libran batallas contra el hombre, no son como los pájaros de Hitchcock, ni como aquellas películas en las que el eterno delirio persecutorio yanqui ponía en escena abejas, arañas, serpientes o insectos alienígenas con profunda sed de sangre. Los carpinchos conviven pacíficamente con los hombres, sus vecinos invasores. En esta coyuntura, se alzan algunas voces en defensa de los pobres bichos; existen fallos judiciales sobre la custodia de la fauna, agrupaciones ambientalistas que velan por sus “derechos” –¿los animales tienen derechos? ¿O nosotros tenemos deberes de cuidado hacia ellos? – y hasta paladines clasistas que ven en los carpinchos una figura de la resistencia proletaria.
En 2011, montaron una campaña en Madrid para eliminar a las cotorras argentinas, la justificación era la “alteración del ecosistema”, porque las pobres locutoras del aire eran especies “alóctonas”, es decir, especies introducidas en un nuevo territorio. Desde la contraportada de El Mundo, el viejo zorro de Raúl de Pozo escribió irónicamente sobre la impiedad de aquellos ecologistas de pesebre. El problema madrileño eran las especies introducidas, y aquí, en los barrios privados bonaerenses, ¿quiénes son los alóctonos? En esta historia, los introducidos por las fantasías del capital, son los vecinos de Nordelta, esos que sueñan con encontrar lagos con cisnes al abrir las ventanas de sus cuartos y todo ello, a 45 minutos del Obelisco. No les será fácil esta cruzada, aunque vivamos tiempos de ridiculizaciones programadas contra el noble arraigo. El dinero puede comprar casi todo, menos la dignidad de los carpinchos.
Diego Chiaramoni
Enero 18 de 2026